Microsoft
El videojuego es una industria neocolonial
Make Microsoft Great Again

El otro día estaba leyendo ‘Punto Cero’, un recopilatorio de artículos y pequeños ensayos que el filósofo esloveno Slavoj Žižek escribe acerca de «nuestra incapacidad de escapar del colapso» y, más concretamente, sobre la tensísima situación sociopolítica en la que desde hace unos años nos vemos sumergidos. En el primer texto del libro, titulado ‘Todo no va a ir bien’, Žižek plantea una respuesta punzante a la reelección de Donald Trump en las elecciones de noviembre de 2024. Mientras devoraba sus páginas un martes volviendo de trabajar, hubo un fragmento de este ensayo que llamó mi atención:
«A principios de 2025, Trump proclamó de forma reiterada sus aspiraciones territoriales: Estados Unidos debería anexionarse Canadá y Groenlandia, además de tomar el control del canal de Panamá y, con toda la intención, no quería excluir el uso de medios militares para alcanzar ese objetivo. ¿No suena eso acaso exactamente igual que el expansionismo de Putin, pero aplicado al área circundante de Estados Unidos? El MAGA de Trump es, pues, una copia del MRGA de Putin («haz a Rusia grande otra vez»), y juntos, ambos dan testimonio de cómo será el nuevo mundo multicéntrico concebido por los BRICS: una coexistencia de un par de grandes potencias, cada una de ellas libre para controlar a países más pequeños en sus entornos respectivos»
Esta demencia megalómana protagonizada por Trump y Putin, a quienes Žižek enfrenta como quien contempla su propio reflejo en un espejo, es un escenario muy similar al que de un tiempo a esta parte hemos visto repetido sistemáticamente en nuestra estimada industria de los videojuegos. Una pulsión expansionista de grandes multinacionales que, del mismo modo que Rusia y Estados Unidos, solamente pretenden ampliar sus horizontes a costa de hacerse con otros. En el caso de la dupla chiflada, otros territorios y naciones. En el de Microsoft, Sony, Tencent, Take-Two y el Embrecer Group —solamente por mentar algunas—, otros estudios de desarrollo.
Puede que el caso más sonado de todos los mentados haya sido el de Microsoft. La empresa de Redmond —una de las más grandes y con más poder del mundo, cabe señalar— ha recibido precisamente el favor de la administración Trump mediante acuerdos energéticos para sus centros de datos de inteligencia artificial, y sus líderes, junto a los de otras tecnológicas como Meta, Amazon o X, han estado fuertemente vinculados al magnate estadounidense, llegando incluso a formar parte de su consejo asesor de gobierno. En su división dedicada a videojuegos, decía, la megacorporación de Bill Gates ha esgrimido durante los últimos años una estrategia de mercado fundamentada en la adquisición de estudios para nutrir de lanzamientos first party su servicio de suscripción, el XBOX Game Pass. Pero lo remarcable aquí es la dinámica de verticalidad y esencialmente extractivista que la empresa mantiene con sus estudios, motivo por el cual el uso del término neocolonialismo resulta tan apropiado en este contexto.
Las relaciones imperialistas por las que países más desarrollados tecnológicamente subyugaron durante generaciones a sus colonias —territorios, por lo general, con abundante riqueza material y un gran potencial bruto— se basan en los mismos principios por los que Microsoft ha estado adquiriendo equipos de desarrollo alrededor del mundo. Aprovechar su situación de superioridad para hacerse con el patrimonio —tanto sus franquicias de renombre como el reconocimiento entre el público— de estudios más vulnerables, y explotarlo sistemáticamente hasta drenarlo por completo. Valerse tanto de sus empleados como de sus IPs, insistiendo en estas lógicas extractivistas de dominación y sometimiento hasta que dejan de ser útiles, y entonces deshacerse de ellos programando rondas de despidos que solamente conservan un porcentaje de la plantilla inicial. Esta estrategia no solamente pone a los trabajadores al nivel de la amarga cáscara que despreciamos tirando a la basura tras disfrutar de la dulce pulpa, sino que también hiere de gravedad la capacidad de los estudios para comenzar nuevos proyectos. Sin el músculo necesario para afrontar las expectativas de una opaquísima XBOX que cuenta el éxito de los títulos publicados mediante métricas abstractas y oscilantes, los desarrollos se vuelven una ruleta rusa donde el que no muere únicamente gana el derecho a seguir sufriendo.




Solo desde octubre de 2023, fecha en que se hizo efectiva la compra de Activision Blizzard —por valor de 68.700 millones de dólares es, hasta la fecha, la más grande de la historia de Microsoft y de los videojuegos—, XBOX ha despedido a más de 5.000 personas y se ha deshecho, vendiendo o directamente desmantelando, unos 10 estudios entre los que figuraban Tango Gameworks, Arkane Austin, Cumpulsion Games, Ninja Theory o la mismísima Double Fine. Las declaraciones al respecto han sido esquivas —cuando las ha habido— y, lejos del fin de esta masacre, la CEO Asha Sharma anunciaba este mismo julio un reinicio para la marca que depararía otros 1.600 despidos a lo largo del presente año fiscal.
Sin embargo, pese a la coincidencia de Microsoft y el gobierno de Donald Trump en tiempo, espacio y filosofía, esta trastornada fiebre neocolonial que arrasa la industria del videojuego no es tan consecuencia de neoliberalismo chiflado que reina es Estados Unidos como del telón de fondo que decora su paisaje: el capitalismo tardío. Ya sea aplicado a las empresas Silicon Valley, a las consolas, o a la propia geopolítica, lo que parece decirnos este delirante individualismo aceleracionista es que la única opción es el canibalismo: engullir a los demás hasta que solamente puedas devorarte a ti mismo. Es de aquí de donde nacen conceptos tan conocidos y vigentes como el capitalismo caníbal, que la autora Nancy Fraser define y discute en su libro homónimo, o la mierdificación (del inglés, enshittification, término acuñado en 2023 por Cory Doctorow).
Este último, que ilustra la decadencia que las plataformas sufren cuando, al asumir una situación de dominación del mercado, dejan de mirar por sus usuarios para limitarse a velar por sus inversores, bien puede aplicarse tanto a los servicios que ofrecen muchas de las multinacionales citadas en este texto (Game Pass, sí, pero también PlayStation Plus, Amazon Prime o Facebook) como al discurso político de Trump. En un inicio, el republicano pretendía resultar con sus declaraciones lo más atractivo posible (en tanto que llamativo y canalla) para sus votantes, pero una vez establecido entre ellos les dejó de lado para preocuparse solamente por agradar a las grandes potencias tecnológicas que, de nuevo, en una suerte de —todavía más— repugnante ciempiés humano, le ofrecen el capital político y económico que es causa y consecuencia de su posición de poder. Y, ni que decir tiene, uno de los principales nombres que participa en este macabro baile de influencias es el de Microsoft.
Me cuesta dar un cierre a este torrente de pensamientos. Todos ellos apuntan en una dirección evidente, pero llegados a este punto creo que cagarse en la puta madre del capitalismo, aunque necesario, no es más que repetir un chascarrillo que hace tiempo que dejó de resultar insurrecto. Bart, di lo tuyo. Así que, en vez de eso, prefiero terminar con una llamada a la reflexión. A que no solamente juguemos, a que no hagamos como si nada estuviese ocurriendo, y a desafiar y cuestionarnos las cosas. Especialmente aquellas que salgan de la boca de superricos, gurús del progreso tecnológico, y energúmenos sentados en el pico de la pirámide.
