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En la mente de Cloud

«…A la porra. Me marcho a la gran ciudad. Llegaré a Soldado y seré como él. Nadie más sufrirá a mi lado, yo les protegeré.»

Esta frase no aparece tal cual en Final Fantasy VII pero me va bien para empezar a divagar sobre lo que ocurre durante el juego dentro de la cabeza de Cloud, protagonista edgy por equivocación, no por convicción. Este sufre unos cuantos eventos que le llevan a replantearse su identidad, sus objetivos y cómo va a actuar acorde a su pasado. Una especie de adolescencia exagerada o de proceso de maduración mezclado con tintes de ciencia ficción que quizá emborronan unos desarrollos psicológicos bastante interpretables. Pero antes, contexto. «¡Que voy!» —¿era así?—.

Cloud nació en Nibelheim, una aldea al quinto pino. Allí Shinra S.A., la mega corporación energética, levantó el primer reactor capaz de extraer y procesar mako. La empresa también construyó una imponente mansión como centro de coordinación, por lo que la vida en la villa parecía estar amarrada por los brazos de la compañía. Cloud resultó ser un niño con inseguridades sociales que se esforzaba, sin éxito, por encajar entre los demás y por llamar la atención de Tifa, su amor platónico desde chiquito. Un día, los jóvenes del pueblo se aproximaron a un puente colgante. La única con coraje para cruzarlo era Tifa y, ante el acobardamiento del resto, Cloud vio la oportunidad para destacar. Pero los amarres y cuerdas de la pasadera se rompieron y ambos cayeron al vacío, resultando heridos. Todos culparon al rubiales de la coletilla y este, cansado del rechazo de sus vecinos, decidió que migraría a la capital del mundo, a la gran ciudad, a perseguir su sueño, a ser como su héroe, como él…

Y lo consiguió. Se alistó en el cuerpo de élite de Shinra y cumplió su sueño. Llegó a primera clase de Soldado y forjó una relación de amistad tipo alumno-maestro con Sefirot, el ídolo al que el mundo respetaba y admiraba. Su modelo a seguir. Todo marchaba tal y como Cloud había deseado hasta que ambos reciben órdenes de ir a Nibelheim. Su misión era simple: el viejo reactor estaba fallando y monstruos estaban apareciendo por los alrededores. Debían ir a revisar el problema. Allí, tras un par de paseos entre el monte y el pueblo, Sefirot, tras largas horas de investigación en el sótano de la mansión, descubre su origen como experimento de laboratorio. Conoce que posee células de Jénova, la calamidad del cielo, y que su posición, la de estandarte y máximo protector de la compañía, corresponde a cumplir los planes de la propia empresa, guardando a su nueva “madre” en el proceso.

Sefirot pierde la cordura y en él crece un odio hacía Shinra que pronto se expande hasta rechazarlo todo. Cloud despierta y ante sus ojos su pueblo arde. El rugido del fuego acompaña a los gritos de sus vecinos. Pero no todos son victimas de las llamas. Observa cómo su héroe acribilla con su Masamune a civiles inocentes e incluso hiere a Tifa, su amiga de la infancia. Tras seguirle hasta el viejo reactor, el niño que creció allí y luchó por integrase ahora blande su fiel e imposible espada y, lleno de ira, encara al Soldado de melena plateada. El enfrentamiento es inminente pero…No se acuerda de más. Después de aquello Sefirot es dado por muerto, Cloud se retira de soldado y se queda en Midgar para ser mercenario.

Desde el principio del título se nos muestra a un protagonista con una personalidad muy marcada para con los demás, de tipo duro y antisocial, pero con monólogos internos muy intensitos. Sufre lo que podemos entender como fuertes jaquecas en las que oye voces, como si conviviese con alguien más ahí dentro. Aún así y con ello, es capaz de infiltrase en un barco enemigo, ganar una carrera de chocobos o de sobrevivir a un amerizaje forzoso. Todo normal, con sus achaques, hasta el Templo de los Ancianos. Acuden allí a encontrar la materia negra, el elemento clave que Sefirot necesita para desatar sus planes, antes que el propio villano y Shinra la consigan. Laberinto por aquí, reloj y puerta demoníaca por allá y piedra al canto. Giro de los acontecimientos.

Cloud le entrega la materia negra a Sefirot en mano hasta dos veces. También, cuando encuentra a Aeris después de que esta huyese hacia la Capital Olvidada, desenfunda la espada mortal con intención de golpearla, retractándose en el último momento. Entonces, la reunión tiene lugar en el Cráter del Norte, donde el supuestamente fallecido héroe permanece en una crisálida a la espera de las células de Jénova que están esparcidas por Gaia. De todas ellas, incluido Cloud.

Retomo. En Final Fantasy VII, Cloud sufre un proceso revelador que le obliga a revisar sus principios y sus modelos de conducta. Sefirot se presenta como el héroe al que aspira ser, la única opción correcta, y desde la llegada del tren al andén, actúa suponiendo haber pertenecido a primera clase de Soldado habiendo seguido la ruta que se había propuesto, el guion que ya estaba escrito. A partir de entonces, y de una manera parecida a lo paternal, Sefirot se dirige hacia él mediante imperativos por el medio más violento que se me ocurre, desde su propia mente. Sin importar las propias aspiraciones del joven, el maestro ya había decidido por el alumno. Aún en Advent Children, un intranquilo Cloud trata de convivir a duras penas con sus fracasos, machacándose por ellos, incapaz de mirar a la cara a los que le acompañaron en su gesta contra el meteorito. Esto, sumando la presencia de Jénova y su retoño ya sea en forma de células benignas o de larvas pasadas de rosca, resulta en una persecución hacia su identidad agotadora que se decide en la batalla contra el villano de la saga al final de la cinta. Y, aún habiendo vencido. . .

—Quédate donde perteneces, en mis recuerdos.

—Yo jamás seré sólo un recuerdo.

Como si pudiese hablar con sus propios traumas, Cloud recibe la promesa de Sefirot que le acompañará en cada paso que dé y que supervisará y juzgará toda decisión, al igual que cuando era su titiritero. Allí, en sus memorias, encontrará la culpa de sus fracasos, lista para derrotarle.


«Soy… Cloud.
El maestro de mi propio mundo imaginario.
Pero no puedo seguir atrapado en ilusiones.
Voy a vivir mi vida, sin fingir»


Hay un momento, antes de reunirse con Sefirot, que este le muestra imágenes del pasado prometiendo que son verdaderas. En esta ilusión no es Cloud quien llega a Nibelheim con el uniforme de Soldado, ni es él quien confronta al villano en primer lugar. Le presenta a Zack, el hombre al que estaba tapando cuando rellenaba los huecos en su mente. Gracias a la ayuda de Tifa, confirma que aquello es cierto y el mercenario desbloquea su historia junto a su amigo y primera clase al que acompañó en sus misiones cuando formaba parte de la infantería de Shinra, definitivamente nada parecido a un cuerpo de élite.

Cloud recuerda a alguien cercano, que llegó a Soldado siguiendo sus propias metas y definiendo su propio camino. Alegre y sarcástico, aunque la situación dictase lo contrario, y especialmente dispuesto a ayudar a quien lo necesitase, a ponerse en segundo plano. Cloud recupera el pasado en el que los dos terminan siendo experimentos de laboratorio tras los sucesos en el monte Nibel —momento en el que introdujeron las células Jénova en ambos—. En un despiste de quien les guardaba, Zack consiguió escapar, liberó a su compañero y cargó con él mientras derrotaba a sus perseguidores. En plena huida, en el remolque de una camioneta destino Midgar, le contó sus planes de ganarse la vida como mercenario. Pero entonces, sonó un disparo. Zack recogió a Cloud, se bajaron del vehículo y lo puso a salvo. La siguiente imagen que recupera la memoria de Cloud es la de Zack en el suelo copado por un cielo oscuro y empapado de la lluvia, ensangrentado, entregándole la espada, su espada, con su último gesto.

—Somos amigos, ¿no?

Zack se convirtió en un modelo a seguir alejado de la toxicidad que supone en su inconsciente la figura de Sefirot. Él es la persona que llegó donde Cloud soñaba, a quien llegó a admirar. Él le guiaba no marcando huellas a las que imitar con sus pisadas, sino a su lado, compartiendo el viaje. De una forma más fraternal, Zack abrió el camino y le mostró cómo llegar a su posición lejos de obsesiones sobre quién acabar siendo, más disfrutando la aventura. En resumen, alguien en quien fijarse cuando estaba perdido. Tanto se acercó a él que acabó suplantando su identidad.

De nuevo, en Advent Children, durante el combate más esperado de la historia, Cloud se encuentra herido y apenas sosteniéndose de rodillas, cuando de pronto su alrededor se vuelve onírico y una silueta aparece a su espalda.

—Abraza tus sueños y, pase lo que pase, protege tu honor como Soldado.
Bueno, nunca llegaste a Soldado, pero el sentimiento es lo que cuenta.

—… Zack

—Ya le venciste una vez, ¿no? Entonces, ahora estará chupado.

Final Fantasy VII es una obra extensa, cada vez más, de hecho, que trata sobre muchos temas. Amor, amistad, fracaso y principalmente pérdida. Un videojuego con unos años ya al que se le pueden seguir sacando lecturas y que, por si no lo sabíais, empieza y acaba con la misma escena. Muy buena manera de cerrar… a la porra.

Kenny Barranco

A veces informático, otras guitarrista. Calvo a tiempo completo. Me flipa el punk rock y las fabes asturianas, pero todavía no he probado a mezclar las dos cosas. Jugador a veces de sofá, otras de silla y escritorio, pero jugador al fin y al cabo.

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