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Si cerramos un tramo de una carretera de montaña, cuanto más estrecha, descuidad y sinuosa, mejor, y metemos unos cuantos coches, con sus respectives conductores y les ordenamos que salgan por turnos y quien haga el tramo en menos tiempo, gana, creo que más o menos todes nos situamos en los rallys, ese deporte de motor que suele aparecer en las noticias cuando alguien cae por un terraplén y poquito más. Se entiende que es difícil de seguir, porque lo que suele atraer es la espectacularidad y, cuando la referencia no es otro coche si no un tiempo cronometrado, la cosa pierde. Cabe señalar que en pueblos y núcleos de población cercanos a montes y cordilleras, donde se suelen celebrar torneos regionales o de históricos, estos gozan de más popularidad. En profundidad, hay muchos más factores que juegan un papel importante: las averías, el orden de salida de les participantes, condiciones climáticas, superficies, etc.; pero, y reitero, este deporte de motor queda en segundo plano en cuanto a seguimiento si lo comparamos con la F1, las motos o cualquier cosa que corra en un óvalo norteamericano.

En la época en la que los estudios de videojuegos se fijaban en cualquier elemento de la vida real para llevarlo a las pantallas, esta disciplina tuvo un impacto reseñable en los salones recreativos, con los Sega Rally Championship como cabeza visible. Aún hoy día, si vamos a uno de los pocos que quedan, seguro que hay algún cockpit presente. La mayoría de estos dejan de lado lo “aburrido” de la competición, y se limitan a montarte en un coche de los tantos míticos que han formado las parrillas del campeonato y a superar checkpoints en un circuito cerrado y, por supuesto, con la posibilidad de estamparte con quien te adelante. Pasaron los años y, con las consolas domésticas ya asentadas en el mercado y los ordenadores desde hace años, fue cuando juegos como V-Rally, Colin McRae Rally o los WRC más adelante empezaron a preocuparnos por factores como el tiempo de reparación en los parques cerrados o por escoger el neumático correcto. Hoy, la industria indie exhibe los experimentos más interesantes, y el equipo de Funselektor son unos buenos representantes de juegos chiquitos centrados en la conducción.

Funselektor - YouTube

Tras fundar el estudio y desarrollar un prototipo salido de una jam, Dune Casu lanzó al mercado en 2015 Absolute Drift, en el que la pantalla estaba dominada por pocos colores, formas y estructuras simples con una conducción para nada en la misma línea. Tras una buena recepción del juego, un viaje en caravana por México, E.E.U.U y Canadá y la oportunidad de conducir varios coches históricos del mundial, salió a la luz art of rally, un título cuya intención es, de nuevo, resaltar lo molón de tener pericia al volante sustrayendo, precisamente, lo que no tiene que ver con el manejo del mismo.

Comenzando por los entornos, los paisajes y el terreno, aunque ya no predomina el blanco, en esencia, sigue pareciéndose mucho a Absolute Drift. Se sigue indagando en la simpleza y en ser muy bonito con poco consiguiendo a la vez destacar más la carretera, manteniendo el foco en la que es importante para la esencia de los rallys. No afecta el monte del fondo y no hay mucho tiempo para embelesarse con las vistas, así que unos pocos árboles y lomas bastan. No obstante, sí importa que cuando estamos bajando la ladera de una montaña, al fondo veamos la continuación de la carretera cuyos vértices tratamos de apurar, dándole presencia e importancia a la etapa que estamos completando. Así, art of rally consigue desgranar lo más llamativo y significativo en lo que a terreno y alrededores se refiere, y los detalles como los bloques de granito alrededor del asfalto en Alemania simulando la etapa Panzerplatte, ponen la guinda.

Algo que me llamó la atención es que no apareciese de alguna forma las notas del copiloto. Poco tardé en darme cuenta de que no hacen falta. Aprovechando la cámara cenital podemos ver las próximas curvas, y cuando no, pues precaución, amigo conductor. Es muy habitual en rallys encarar una curva sin verla por un cambio de rasante o un muro, o aproximarnos a un salto sin poder estimar si vamos a aterrizar en la pista o en un árbol. El copiloto puede que lo señale, pero realmente hasta que no lo vemos no sabemos con claridad que nos vamos a encontrar. Y esa cautela, ese frenar aunque sea una curva fácil, y eso de que no gana el más rápido, si no el más valiente, está presente, demostrando que no hace falta apreciar cada grano de tierra para ser fidedigno a la modalidad.

Y llega el momento de recalcar que, por supuesto, donde está la particularidad, lo que hace replantearnos si es un juego arcade, es la conducción, como nos relacionamos con lo comentado antes y el volante a través del mando. Antes de nada, aclarar que existen dos modificadores para regular el Control de Tracción y los ABS. Lo comentado a continuación es en base a la configuración de estos factores por defecto. Los coches tienen inercia, no frenan de golpe e incluso hay que contra volantear al salir de las curvas. Es en especial en el manejo donde los cambios de rasantes, como la climatología afecta a las distintas superficies y las horquillas cerradas cobran sentido. Se agradece, y pensándolo bien juega a su favor que no podamos configurar ningún parámetro de los vehículos. Ni siquiera los aspectos en los que no hace falta ser un erudito de las bujías. Nos olvidamos así de amortiguadores, dureza de los neumáticos, diferenciales y de relaciones de marchas, algo que habría encantado a muches, pero habría echado a otres, priorizando que más gente entre en art of rally sin importar a cuantos hayas asistido.

Desde Funselektor parece que querían que el título transmitiese el ambiente de los de los campeonatos por todos los elementos, no solo por el mando. Centrándose en una época pasada de estos, se aprecia que tan importantes son las estructuras de los campeonatos, de varias etapas y hasta de varios rallys alrededor del mundo; las localizaciones de estos, escogiendo clásicos como el rally safari o las montañas de Japón; las aglomeraciones de gente que se juegan la vida que, lógicamente, se acabaron prohibiendo; y claro, no podía ser de otra manera, los coches.

El modo carrera hace un repaso a las diferentes categorías y grupos que han compuesto el elenco del mundial de rallys. Así, empezamos por los años 60, hasta llegar a los 90, haciendo una parada obligatoria en el mitificado grupo B. Tan solo con formas y dibujos que imitan a los de antaño, al juego lo le hacen falta nombres de constructoras o de marcas que las patrocinaban para que reconozcamos varias de estas máquinas. Y es que estoy seguro que muches, sin ser conocedores del mundillo, serían capaces de reconocer el Mini y el BMW de los primeros años, a la bestia que era el Audi quatro o el Celica con el que Sainz ganó sus dos títulos mundiales, el Subaru Impreza azul y amarillo o los numerosos Lancia ataviados con los colores de Alitalia o Martini. Coches que han traspasado la barrera y se han convertido en cultura popular, y a estos y a todos los que aparecen en art of rally, este les rinde homenaje desde la nostalgia y el reconocimiento, añadiendo un pequeño texto explicativo de la historia del automóvil y especificaciones del mismo.

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Eso es, en definitiva, art of rally. Un acertadísimo cumplido a una curiosa disciplina con más de 50 años de antigüedad que sigue embobando a una gran cantidad de personas —no perdáis la oportunidad de quedaros absortes con una cámara on board, a ser posible que el o la copiloto hable en un idioma que entendáis—. Un homenaje desde el buen gusto y entendiendo perfectamente que los hace una disciplina única, manteniendo la sencillez del estudio por bandera y marcando un scratch en la industria.

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