Me vais a permitir la osadía, pero debo admitir que no estoy en contra del concepto de las notas.
Quicir, cuando se trata de componer, no hay nada mejor que un buen puñado de notas para elaborar riffs y tonadillas pegadizos. Además, no sé para vosotros, pero en mi caso la vida sería mucho más complicada sin poder tomar pequeños apuntes o notas de ideas que requerirán una posterior elaboración —ya sea en un bloc analógico o en formato digital—. Y, por supuesto, ninguna referencia a la polisemia de este vocablo está completa sin su correspondiente referencia al Gran Lebowski (1998). Apunta un cero, nota.
Incluso en el marco de la crítica cultural —al que quiero pensar que desde Gameno aportamos un diminuto y humilde aunque persistente granito de arena—, no me parece que el hecho de utilizar este recurso tenga que ser algo negativo per se. Ni siquiera reduccionista. Lo que, en cambio, sí puede pecar de ese tan aclamado reduccionismo es dicotomizar el debate sobre las notas a un extremadamente superficial a favor/en contra.
Por el contrario, siento que existe más valor en reflexionar sobre cuáles son los elementos que con frecuencia nos hacen posicionarnos de una manera tan radical en oposición a un sistema que, bien utilizado, puede añadir no solamente información, sino interés e incluso color al sugerente acto de generar (y consumir) crítica cultural.
[comentario del Américo extradiegético: sé que este es un tema más sobao que un paquete de sobaos, y que todos estamos hasta las narices de leer los mismos argumentos en contra de la objetividad y milongas del estilo. Intentaré hacerlo rápido, indoloro, y meter alguna bromilla. Mi más sincera disculpa por repetir algo que todes hemos leído hasta la saciedad, pero a la vez siento que estas historias tienen que quedar escritas en algún lado. No posicionarse es, de hecho, posicionarse.]

Uno de los principales focos de conflicto cuando hablamos del uso de notas suele venir de la asunción de que esa puntuación es la conclusión final del análisis, un elemento que de manera encapsulada recoge todo lo mencionado en el texto que lo precede y lo deja condensadito. Sin embargo, el buen uso de este recurso debería pasar no por resumir, sino por complementar los argumentos expuestos en la crítica. De este modo, la nota puede hacer al lector partícipe de la experiencia crítica, además de matizar cuáles son los los factores que la persona que escribía consideró más relevantes. No son (o no deberían ser), por tanto, objetivas —oh, sorpresa—, sino que funcionan más como una prolongación del criterio o la personalidad de quien nos habla. Y es por esa misma faceta no-objetiva por lo que utilizarlas como variable comparativa —otro de los principales focos de conflicto en este referente— resulta no solamente de poca utilidad, sino además injusto y e injustificado.
Pero en realidad, y a la mínima que paremos a pensar sobre ello, es sencillo darse cuenta de cómo todas estas cuestiones pueden aunarse en una más rotunda: el hecho de utilizar notas numéricas. Los números sí tienen mucho de objetivo, de ordinal, y de comparativo. Esos son, precisamente, sus principales usos: devenir una suerte de lenguaje universal que nos permita entendernos allá donde sea —uno es menos que dos en Cornellà del Llobregat y en cualquier otra parte del universo que se rija por los postulados de la geometría euclidiana—. Tanto el elemento resumidor, como la objetividad, o la facilidad para establecer comparaciones son puntos que, si bien no desaparecen al eliminar los números de la ecuación —pun intended—, sí es cierto que su presencia hace que sea mucho más sencillo caer en estas percepciones viciadas.
Sea como fuere, el motivo de esta cápsula —que, en su concepción, más encaja como comunicado que como artículo— no es, ni mucho menos, poner patas arriba los círculos culturales. Cualquier alegato sobre el uso o no de notas en el discurso alrededor de las obras que criticamos ya ha sido dicho y redicho por personas con mucha más experiencia y labia en el asunto, y muy probablemente también haya sido escuchado, leído o pensado por vuestros oídos, ojos y cerebros. La razón, pues, por la que me encuentro ignorando llamadas de teléfono en el trabajo mientras termino de teclear estas mismas palabras es para presentaros el nuevo sistema de notas que hemos ideado para los inventarios de Gameno: las calcamonías.






Desde Mal de paramal hasta Mejor videojuego de la historia, estas etiquetas se ordenan en un gradiente que, aunque sí contempla un cierto sentido ascendente, su principal uso reside en crear categorías definidas por las impresiones que dejaron esos títulos en nosotros. Así, por ejemplo, un videojuego Metalgerymon es, en esencia, uno que nos hace venirnos arriba, engorilarnos, y sentir cómo nos hierve la sangre de la emoción. ¿Que esas son características eminentemente positivas? Ciertamente. ¿Que un juego buena onda podría gustarnos más que un Metalgreymon a pesar de lo que pueda sugerir la ordenación? Bueno, desde luego es posible, pero esencialmente significaría que nos gustó diferente. Un último detalle en este sentido es que no todos los juegos tienen por qué tener un sello asociado. Si considerásemos que alguno no se amolda a ninguno de ellos nos reservamos la opción de, simplemente, no sellarlo —esto, por supuesto, no dice nada sobre cuánto haya podido gustarnos o removernos la obra—. En general, quiero pensar, todo es bastante autoexplicativo, así que no os preocupéis, estoy seguro de que lo cazaréis al vuelo.
La idea germinal tras las calcamonías es, por una parte, proponer un método alternativo que encaje con todo lo expuesto unos párrafos más arriba —que también coincide con nuestra manera de entender la crítica—. Y, por otra, impregnar con algo de la esencia característica de los dos miembros de la redacción las valoraciones de esta sección de Gameno. O, dicho de otro modo, seguir nutriendo el espíritu de una web que si la buscas ya te sale con la filosofía y complicidad de estos dos notas.
