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Identidad en espacios virtuales

«I came here to chew bubblegum and pack boxes. And I’m all outta bubble…»

Recientemente he sufrido por primera vez uno de esos momentos que aparece en la vida de todas las personas y que hasta que no nos enfrentamos a él no sabemos si estamos preparados y preparadas. Como cuando voy al médico a ponerme una vacuna, sabía que al final todo saldría bien, pero hasta que no estuviese de regreso en casa sano y salvo no se me iba a ir ese nudo del estómago. Y de casas va la cosa, pero no de regresos.

Me he ido de casa de mis padres, me he mudado, me he independizado. A partir de aquí el desarrollo de este texto podría ser muy variado. Desde una crítica al sistema por negar casi todas las posibilidades de desarrollarse a los jóvenes a un texto rancio que se titulase Como independizarse en X sencillos pasos, pero no, ni mucho menos esto último. Me he enfrentado a nuevos desafíos como el de tener que visualizar como voy a adornar espacios que antes no eran de mi competencia, como voy repartir los distintos puntos de luz del salón o como empaqueto todas mis cosas en cajas de 40cm por 40cm. Y por ahí asomaba la primera relación que hice entre este proceso y los videojuegos. He superado retos, núcleo del 90% de las aventuras. Pero tras 5 meses viviendo solo, he valorado más lo identitario y personal de decorar una habitación u ordenar el cajón de los cubiertos que la superación de enfrentarme a una tarea y resolverla.

Ya no hay nadie para que te diga que eso está bien o mal, esto es así o asá. Ahora todo depende de uno o una misma. Da igual si una habitación está ordenada o desordenada, fea o bonita, porque ya nadie te va a recriminar ni a felicitar por ello. Disponemos un nuevo espacio para hacerlo nuestro. Y esto ya no se da tantas veces en los videojuegos como el superar desafíos. Siempre se me viene a la cabeza Minecraft cuando pienso en experiencias que no te agobien con objetivos y misiones, pero en el texto que me ocupa voy a intentar hablar de unos cuantos que lejos de plasmar un terreno para recalificarlo y construir a nuestro gusto, ofrecen un pequeño sitio y herramientas para expresarnos, avanzando solo cuando nosotros estemos contentos con el resultado. Y, más concretamente, cuando se trata de cuatro paredes y alguna ventana que otra.

Y me obligo a empezar con el que cumple esto a rajatabla salvo por el inconveniente de que para avanzar de nivel hay que entregar ciertos objetos. Hablo de Wilmot´s Warehouse, un juego con tres elementos clave: El jugador, representado por una caja un rostro; un amplio almacén, en negro y blanco para que todo sea más simple; y objetos variopintos, todos con la misma forma que el jugador: una caja del mismo tamaño pero pintado con diferentes patrones y formas. Las fases, por llamarlas de alguna manera, comienzan cuando un camión deposita su carga y se pira, dejándonos a solas con la mercancía, cuadrados con objetos reconocibles dibujados y otros con patrones o formas libres a nuestra interpretación. Y es ahí cuando empieza la magia. Podremos ordenar, clasificar y hacer bloques a nuestro antojo y ningún muro invisible ni ente superior nos dirá que eso no va ahí. En mi partida, por ejemplo, entendí que los animales y la comida podían ir juntos. Los símbolos, como cruces y círculos, también, y etiqueté, en mi cabeza, las tijeras e hilos como material de costura y las sierras y los martillos como herramientas y cosas que de pequeño tu padre te mandaba comprar en la ferretería. Mientras le des la cantidad de materiales que te piden a las cuatro personas de la fase siguiente, el juego en ningún momento pone en duda tu manera de organizarte.

El siguiente que ofrece espacios para personalizarlos y plasmar algo de nosotros o sus protagonistas es Florence, pero no la estructura completa del juego, sino uno de sus fragmentos. El juego de Mountains y editado por Annapurna Interactive —empresa fetiche de esta web—, es un compendio de pequeños minijuegos que exploran emociones muy específicas relacionadas con el conocer y enamorarse de otra persona, a grandes rasgos. Uno de los primeros consiste en colorear con formas y patrones una mariposa y un barco de vela. Únicamente cuando estamos satisfechos avanzamos en la historia, permitiéndonos así pasar horas dibujando si es lo que queremos. Pero el que más se aproxima al argumento del texto es uno que viene un poco más adelante. No voy a entrar en detalles por si se pudiese considerar spoiler así que si queréis disfruar el juego sin saber nada, vuestro sitio está en el siguiente párrafo. En cierto momento el chico que conoce Florence se muda a su piso. Él, como persona física, y sus cosas, también físicas. Tenemos que tratar de hacerles sitio en muebles concretos, ya ocupados con los utensilios y decoraciones de la protagonista. Todo no cabe, así que somos nosotros como jugadores y jugadoras los que elegimos que se queda en el estante y que se guarda en la caja y, de nuevo, cuando nos parezca oportuno, pulsar la flecha que hace continuar la historia.

Y si bien en el párrafo anterior nos acercábamos a una experiencia muy apegada a la de organizar y personalizar de cero una habitación sin juicios ajenos, el siguiente juego que nos ocupa hace de esta premisa su núcleo. Y es que jugar a la demo que se publicó temporalmente en pleno proceso de mudanza me hizo apreciar lo similar que era el sentimiento que estaba plasmando contrastado con el hecho real de independizarme. Un momento concreto fue cuando vacié mi habitación, la de toda la vida, para empaquetarla en cajas. La labor de agarrar cada foto, pelota, prenda de ropa, figura o libro de forma individual recordando momentos de trofeos, no de los que brillan, no, de los personales, es duro por el choque de bruces con el tiempo, pero emocionante, y hace relucir una parte bonita de los bienes materiales. Un acto que en segunda o tercera persona podría ser una forma interesante de conocer a alguien, y eso es lo que promete Unpacking, desarrollado por Witch Beam con fecha de lanzamiento prevista para este año. El juego consiste en ordenar distintas estancias a lo largo de la vida de una persona con sus objetos personales. Desde su dormitorio hasta el baño, y con el año en el que tiene lugar la mudanza como pistoletazo de salida, vaciaremos cada caja, doblándola propiamente y echándola al contenedor de cartón, de objetos como los que yo sostenía ese día. Distribuidos por cajones, baldas, encimeras y armarios, algunos repiten traslado de casa de los parientes a la residencia de la universidad. El estudio australiano nos invita así a encarnar o conocer, según el punto de vista, a otra persona en una experiencia muy personal. Como puede que el título os haya llamado la atención, dejo su web por aquí.

Por supuesto, me habré dejado un montón de juegos, pero en los que más similitudes he encontrado en lo que transmiten a el increíble y complejo proceso de mudarse, tanto física como emocionalmente, fueron estos tres. Son muy curiosas las conexiones que hacemos con objetos o personas a través de experiencias parecidas, y sé que parece que estoy estirando del chicle y que una mudanza es mover cajas y ya, pero en serio, tienen mucha chicha. O no. Mira, por lo menos habéis descubierto o vuelto a leer sobre Unpacking. Exclusivamente por ese motivo merece la pena este artículo.

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